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Vía Crucis

Vía Crucis

Yo fui Jesucristo. Dos veces. Aunque mi abuela me había advertido que no repitiera. Si uno fue Jesús en el pesebre, no debe buscar la cruz, me dijo cuando le conté que me iba a presentar en la selección. Representar al Cristo en la Pascua, cargar la cruz por las calles del pueblo, dejarse coronar con las espinas era ganar un par de años buenos.

Pero Dios se olvidó de nosotros, y como todo lo que hace fue a lo grande. Lo poco que queda de este pueblo inmóvil se cae a pedazos y la vida de los que viven acá es una desdicha incontestable cada día. La mía, por ejemplo, si la miro hoy sentado en la sala de este aeropuerto perdido entre las montañas.

No es recíproco, porque nosotros seguimos pensando en él. Las misas están siempre llenas. Los edificios de las iglesias se mantienen en pie. Su figura, estampada en forma de corazón sagrado, y las de sus mil santos están siempre colgadas en las zonas más altas de las paredes de todos los negocios y las oficinas, siempre a la izquierda de los relojes. En la mayoría de las casas no faltan las estatuillas blancas y celestes de la virgen, siempre en un lugar importante de las salas, a la vista de todos, incluso aunque no sean esculturas de buena calidad, a pesar de dejar en evidencia la dificultad que tiene el yeso para imitar bien las ondulaciones de la tela de los mantos.

Somos una comunidad que pasa el año pensando en el vía crucis de la Semana Santa. Hasta tenemos una comisión municipal dedicada a organizarlo. El holocausto del Nazareno es una política de Estado en esta ciudad. Pero ni eso alcanza. Ni el rezo de las beatas, ni los rosarios diarios de mi abuela consagrados a la contemplación de los misterios gozosos.

Nada alcanza. La embotelladora cerró y la planta de embutidos cada vez tiene menos empleados. Desde hace tres meses uno menos, que soy yo. Sentado en este aeropuerto de aviones pequeños, condenado a tener una sola pista por los próximos doscientos años, sin free shop ni un solo lugar para pedir un sándwich. Espero mi avión en la sala de embarque junto a los otros pocos pasajeros que también vuelan a la capital. Algunos miran con un interés demasiado candoroso la pantalla que anuncia este único vuelo diario. Llegué solo al aeropuerto. Me despedí de mi hermana en casa y de Carola, días atrás, en el restaurante chino.

Fui por segunda vez Jesús a los diecisiete años. Te venía la fama de pronto. Pasabas a formar parte de un linaje de cristos de la ciudad que te convertía en alguien importante. El panadero te regalaba el pan; en la tienda, por unos meses, no te cobraban la ropa que comprabas. Los policías te hacían la venia en las esquinas. Las chicas te prestaban atención. Al menos en la pileta del Club Unión, todas querían nadar con Jesús.

Es verdad que con el flaco Leonardo la historia había empezado a cambiar porque se tomó el papel tan en serio que no volvió más. Ni volvió a ser Leonardo, ni volvió al pueblo, porque siguió insistiendo con lo del hijo del hombre, los curas se asustaron y un día se lo llevaron. No lo vimos nunca más.

Años después el Cristo Abel, el hijo de la farmacéutica, uno de los mejores Jesús de la historia del pueblo, alto, hermoso, blanquísimo, muy parecido al original, se quitó la vida en el depósito de la farmacia, cuando su madre, viuda y obstinada, no lo dejó casarse con la hija más chica de los Castillo Espinos, la pequeña y bella Isabel.

Pero de la maldición se empezó a hablar con Francisco, cuando la familia se le murió en el incendio. Dos años antes de que yo fuera Jesucristo. Puedo decir que conmigo el augurio negro se confirmó porque al año de que yo resucitara murió la abuela, mis padres se divorciaron, mi padre marchó a la capital y mamá empezó con las pastillitas blancas y los tés de valeriana. Yo fracasé en los exámenes de ingreso a la universidad, me quedé en el pueblo y empecé a rellenar tripas en la fábrica.

De pronto la sala del aeropuerto se llena de un ruido blanco y arenoso. Viene de las turbinas lejanas de nuestro avión. Casi todos se ponen de pie y se acercan al gran ventanal que da hacia la pista para presenciar el aterrizaje. Hay dos hombres moviendo unas banderolas y de fondo un cielo que por suerte está limpio, apenas atravesado por unas líneas de nubes muy finas. Yo me quedo sentado, tengo el bolso negro sobre las piernas y la mirada en las montañas, sobre los molinos blancos, esos que se guardan la energía del viento.

El espectáculo del avión termina y todos regresan a sus asientos. Una mujer pelirroja, tomada del brazo de una señora mayor que parece ser su madre, me mira, me mira a los ojos como si fuera la primera vez en su vida que ve un rostro. Es Paula Jeroni, la reconozco tras esas arrugas nuevas que se le insinúan en la cara y ese pelo que ahora es rojo. Yo corro mi mirada hacia el rombo amarillo que decora mi bolso negro hasta que vuelvo a ver sus rodillas enfundadas en un pantalón de jean que se acercan. Una voz firme que me dice, me pregunta: ¿vos fuiste Cristo, no?

Yo casi que le sonrío leve y asiento con la cabeza. Ella me habla. Te recuerdo porque tu virgen María fue mi hermana, ¿la recordás?, Alejandra. Claro que la recuerdo, si era rubia y de ojos verdes y más alta que yo y cuando venía a ayudarme a levantarme del empedrado del camino del Parque Libertad me tocaba los brazos con esas manos suaves de dedos larguísimos, que se le manchaban con la salsa de tomate de mi sangre. Cómo no iba Cristo a levantarse y seguir con su cruz con semejante madre María.

Alejandra se casó con un odontólogo y se mudó a Purán, me dice ella sin que yo le haya preguntado absolutamente nada. Pero sigue: mamá está internada en el hogar de ancianos, mientras levanta el brazo de la vieja que está cruzado con el de ella, como si hablara de una mascota. La estoy llevando al médico en la capital para que la revisen. Miro a la pobre señora con toda la compasión de la que soy capaz mientras la hija continúa. Vi que tu mamá también está en el hogar, la saludé un par de veces que la crucé pero no me respondió. Al fin hablo yo: sí, está un poco perdida, casi no reconoce y no habla. Noto en ella un gesto de angustia feroz en el instante en que acepta finalmente que el diálogo no va a prosperar, pero antes de darse la vuelta y retornar ambas a su asiento me lanza, vengativa, una última puñalada. Saludos a Carola de mi parte, por favor.

Forma parte del martirio, de su prolongación, que todos en el pueblo no te saquen la mirada de encima por el resto de tu vida cuando vos fuiste Cristo. Ahora sí podía estar seguro de que los mozos del restaurante chino la habían visto llorar a Carola.

En aquella última cena le conté de mi plan de viajar a la capital para irme a vivir con mi padre, quien me ha ofrecido trabajo en su estudio de arquitectura. Ya anciano y derrotado por la culpa del abandono y del ingreso de mamá en el hospicio, me quiere dar, tal vez demasiado tarde, un lugar en su vida. Y yo me dispongo, en un único movimiento, a dejar solas a las tres mujeres que me han sostenido en este tiempo. A la cuenta de una madre bipolar y una novia abandonada sumo hoy a una hermana sola, costurera y a la deriva.

Una azafata se acerca y con un grito anuncia que podemos entrar al avión, que el vuelo va a despegar en los próximos veinticinco minutos. Es bueno que de vez en cuando alguien te hable del futuro, aunque sea un futuro de veinticinco minutos.

El avión está casi vacío. Se va a llenar de pasajeros en la capital, cuando siga viaje hacia la siguiente escala. Me ubico en mi asiento, en el medio de una fila de tres, pero como después de unos cuantos minutos los otros dos siguen vacíos, me cambio al asiento sobre la ventanilla. Paula Jeroni pasa a mi lado por el pasillo y no me mira. Su madre sí. La noto más animada que en la sala de espera, hasta me sonríe.

Durante el despegue la ciudad se va perdiendo hasta volverse una masa informe entre gris y anaranjada. Vuelvo a meter la mano en el bolsillo interno de mi campera para asegurarme de que el papel con la dirección de mi padre en la capital sigue allí. Lo aprieto con fuerza entre mis dedos y me alivio.

Lo último que alcanzo a distinguir desde las alturas al mirar hacia abajo es la torre de la iglesia y, casi ya fuera de la mancha de la ciudad, el rectángulo verde, casi perfecto, del cementerio nuevo.


Alejandro Langlois nació en Buenos Aires y vive en Costa Rica desde hace casi una década. Es periodista, escritor y docente. En sus cuentos explora el amor, la memoria, los vínculos familiares, la política y el rock, con especial interés por los personajes que intentan escapar de un lugar, de su historia o de sí mismos.


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